CRÍTICAS y ESTRENOS 2019 -Cine-


Estrenos y Críticas realizadas por: José María Ruiz
Portadas de las películas: -Extraídas de Internet-


El gran Buster

En toda vida de un cinéfilo existen días que quedan grabados, días imborrables ante la magnificencia del encuentro, porque encontrarte por primera vez con Buster Keaton en una sala de cine puede tildarse de acontecimiento, ya que supuso toda una revelación.

Durante mi niñez, cuando iba a los cines de barrio con la pandilla de amigos, tomé contacto con Chaplin, Laurel y Hardy, ya fuese con los cortos de Charlot o con algún largo sonoro del Gordo y el Flaco. Harold Lloyd llegó a mis sentidos cuando Televisión Española le dedicó un ciclo. Cuatro genios del humor, sin embargo aún no conocía al quinto hombre sobresaliente, aún no sabía quién era Buster Keaton.
Y fue el 28 de diciembre de 1984, aquel día acudí al cinestudio Griffith porque programaban (por 200 pesetas) “King Kong”, la primera versión de Merian C. Cooper; “Fama”, de Alan Parker; “Alien, el octavo pasajero”, de Ridley Scott, y “El maquinista de La General”, de Clyde Bruckman y Buster Keaton. Cuatro grandiosas películas (así lo estimé aquel día, así lo certifico hoy), un minimarathon de muchísimos quilates.

Fue sorprendente visionar por primera vez a Buster, una mirada cautivadora con un sentido del humor limpio, destilando inocencia, luchando contra los elementos, bifurcándose desde la sencillez hasta la complejidad, perdiéndose en el pequeño detalle y realzándose en grandeza, contemplando la soledad, viviendo en la conjunción de los géneros (desde el western transitaba por el melodrama para encontrarse con el humor en un territorio bélico). Una superproducción con propuesta de autor. Fue genial, alucinante.

Hoy, agosto de 2019, viene a estrenarse este documental dirigido por Peter Bogdanovich. Una cinta que nos proporciona la oportunidad de descubrir a Keaton y enamorarnos de su cine y de su persona, porque vamos a participar de un recorrido por su vida. En tres tramos se divide la obra. El primero nos sitúa ante los inicios del cómico, cuando a los cuatro años comenzó a convertirse en estrella de vodevil trabajando junto a sus padres, que le tiraban de un lado a otro del escenario despertando la risa del público, ganándose el apodo de “buster” (una traducción de caída, no solo por caer bien a la personas, sino porque se precipita, se despeña, se da un batacazo, se da una culada), así como su llegada al mundo del cine y su triunfo con los cortometrajes. La segunda parte nos sitúa directamente en los tiempos del cine sonoro, y cómo vino el declive, su decadencia, el olvido, pero también su renacer y el reconocimiento. La última parte vuelve a presentar a Buster en la cúspide, ya que se centra en el período de los largometrajes silentes, así la pantalla se ilumina con sus escenas, llevando su trepidante humor al cénit. Nada como acabar en todo lo alto, con su máximo esplendor.

Naturalmente, se dibuja un retrato noble, trazado desde el respeto y la profunda admiración, desde la mirada de crítico cinematográfico del propio director, desde el placer lúdico del cinéfilo que rinde homenaje a uno de los maestros del séptimo arte.

Hoy resulta fácil meterse en internet y teclear sobre un buscador las palabras “Buster Keaton” para poder ver en el territorio youtube su filmografía completa, todo a un golpe de clic. Sin embargo, es en el cine donde debe saborearse toda su magnificencia, pero cada vez es más difícil llevarlo a cabo. Ir al cine a ver una película de Buster Keaton hoy en día se está convirtiendo en un lujo, pero compartir risas en un cine no tiene precio. Descubrir (o reencontrar) a Keaton en este documental es toda una celebración, un canto al placer de reír desde la inocencia.

A Contracorriente


Diego Maradona

Relato no completo, pero sí muy significativo, ya que galvaniza su escritura sobre el período en que el astro argentino jugó en las filas del Nápoles, siete años de vida en Italia. Proyectando la obra con un prólogo y un epílogo sin punto final: la figura de Diego Armando Maradona es un continuo fluir, una catarata difícil de encauzar. ¿Cuál será su siguiente paso? Imposible predecirlo.

El prólogo viene narrado a través de una escena en paralelo, por una parte asistimos a la llegada del futbolista, seguido (perseguido) por una caravana de coches al estadio napolitano para su acto de presentación (las gradas están repletas) y la primera tumultuosa rueda de prensa, con la camorra como protagonista de la pregunta inicial. Frente a ello se narra su vida anterior: la pobreza, el Boca, cómo se echa a su espalda a su familia y los dos años en el Barcelona. Un recurso de montaje circunscrito a cinco minutos de película, un logro de ritmo y concisión. Un acierto total. En un primer montaje de la película este tramo alcanzaba los cuarenta y cinco minutos. El propio director vio que se perdía y vino a preguntarse por el verdadero pulmón de la narración, lo que realmente quería contar. De ahí que realizase una síntesis para involucrar y posicionar al espectador, para llevarlo de la mano al verdadero epicentro.

Ese apabullamiento ya nos explicita la vida que le espera a Maradona, cámaras y micrófonos a todas horas, sin respiro. Un grado de invasión superlativo, un acoso para el que no está preparado mentalmente, la locura se desata. Mas él se revela: “digan lo que digan voy a salir cuando quiera”. Y la pantalla, obviamente, se llena de imágenes futbolísticas: “cuando uno entra en una cancha se va la vida, se van los problemas, se va todo”. La magia se desata, y el Nápoles se elevará hasta conseguir su primer (y único hasta la fecha) título de liga. El milagro se ha realizado.

Dos mundiales se insertan en estos siete años que jugará con el Nápoles (de 1984 a 1991), mundiales que le auparon y resquebrajaron, porque si en el 86 fue Dios con los famosos goles a Inglaterra (y el trasfondo político de las Malvinas) en el 90 se transformará en Diablo al eliminar a los italianos de su mundial, y precisamente en el estadio del Nápoles. En un momento se había convertido en el ser más odiado de Italia. Siete años que marcaron toda una vida.

El director Asif Kapadia dibuja la convivencia entre persona y personaje, transita de Diego a Maradona, del ser al ídolo, del muchacho al tramposo, cómo Diego necesita de Maradona para establecer su rebeldía frente a espurios poderes, y cómo Maradona va difuminando a Diego. Dos personalidades en un mismo hombre. Asimismo, lo antitético se mimetiza en él, la luminosidad va tornándose oscuridad, la genialidad se ve arrastrada al fango y la vida dentro de la cancha se disipa en un mundo de juergas y drogadicción.

El documental globaliza la leyenda transida en juguete roto. Una panorámica circunscrita sobre entrevistas exclusivas (al propio Maradona y su preparador físico Signorini, entre otros) e imágenes inéditas (más de 500 horas revisó Asif Kapadia) sobre el entorno del aclamado futbolista.

Más allá de gustarnos (o no) el fútbol, asistimos a la manifestación de un fenómeno social enmarcado en la figura de un deportista, donde se “gambetea” a la vida y resulta imposible esquivar a la penuria, cómo del fango de la miseria se puede alcanzar el fango de la cumbre (“madre, ¡he llegado a la cumbre!”).

Avalon


Buscando la perfección

Resulta intrigante ver cómo la imagen proyecta distintas lecturas, cómo el sentido primigenio de su realización pierde “peso” frente al hecho expuesto, porque siendo el mismo encuadre se formula sobre dos primeros planos (aunque este nunca se manifieste en el posicionamiento de la cámara como tal).

Gil de Karmedac (el autor de las imágenes que vemos) formuló su realización desde el punto de vista didáctico, ya que con esas películas buscaba desentrañar la técnica del tenis, dando de esta manera el protagonismo a la raqueta. Imágenes que pertenecen al Torneo Roland Garros de 1984, donde prestó máxima atención a John McEnroe. Con tres cámaras se aventuraba sobre la pista, enfocando casi exclusivamente al tenista norteamericano, para las cámaras no existía el adversario, simplemente se deleitaba con los movimientos y golpes, perfilando, en consecuencia, un juego de frontón.

Sin embargo, cuando el director Julien Faraut (el director del presente documental) accedió a visionar el bruto de estas imágenes (directamente sacado de las latas de archivo, bobinas de descartes y sin montaje alguno) observó que ese material contenía un perfecto retrato de la persona, pero al mismo tiempo queda entusiasmado por el trabajo de su colega, su buen hacer, de ahí que veamos en la película hasta los mismísimos golpes de claqueta. Conformando con ello una introspección de metalenguaje cinematográfico.

De esta sutil manera, la película de carácter didáctico se ha transformado en un drama psicológico. La mirada ha quedado reformulada, no obstante también rinde homenaje al propio Gil de Karmedac al analizar su técnica de creación, deteniéndose en el tipo de las cámaras que utiliza y su ubicación en las gradas, analizando la técnica de realización, una técnica ya fenecida (que no obsoleta).

Y en este escenario, en esta pista de tierra, emerge la figura de McEnroe, del hombre que lucha contra sí mismo y contra el mundo. El hombre que en cada partido efectúa una performance, no en el sentido de actuación, sino desde el ser como máximo controlador, que necesita de la perfección para salir airoso, maneja los tiempos, es un director total. Él da lo máximo de sí mismo en cada partido, y quiere que todo el mundo se encuentre a esa altura. Exige la perfección a los demás, de ahí las sonoras broncas a los jueces de línea y al juez de pista porque, piensa, no asumen ese grado de implicación, no hacen bien su trabajo. También lo extrapola al público, al que demanda respeto y concentración… Por todo ello se manifiesta que la imagen que tiene uno de sí mismo no corresponde con la imagen que transmite.

Apuntar, para concluir, dos elementos sobre los que se recrea el documental: ahonda en el carácter del tenista llevado a su máximo esfuerzo (un esfuerzo que demanda el deporte de élite), donde deja que el león salga de la jaula, una “estrategia” que repercute sobre su psiquis y sobre su juego, y la eclosión final que supone la final del Torneo Roland Garros, un partido contra Ivan Lendl, donde se va a manifestar todo lo expuesto anteriormente, formulando un ente sinfónico, frente a las notas de arte y plasticidad se combinan movimientos de desequilibrio.

Un documental de notable interés, con un sentido descriptivo, recreando un retrato hiperrealista y cubista.

A Contracorriente


El despertar de las hormigas

Apenas una docena de títulos al año jalonan la filmografía costarricense, un país donde la industria cinematográfica no existe como tal, y por tanto su eco no alcanza mayores latitudes, ni siquiera se formula una semana de cine para mostrarse en el exterior. Su visibilidad en España resulta nula, las salas comerciales no iluminan las pantallas con su expresión. Tiene que ser en términos de coproducción cuando alcen el vuelo y dejen oír su voz.

Máxime cuando el diálogo que plantea merece ser escuchado con profunda atención, ya que el escenario que plantea relata vida. La directora Antonella Sudasassi (que también firma el guión) nos acerca a Isabel, una hormiguita atrapada en el habitáculo que la han confeccionado, y con buena cara debe atender al marido, a sus dos hijas, a la familia política, a la casa y a su trabajo de modista en la economía sumergida de su hogar. Es una mujer a la que “han educado” para ser esposa, para transigir con el estadio que le ha caído “en suerte”. ¿Para qué alzar la voz? Todo es complacer, servir, atender.

El peso que asume ya es agotador, se siente vencida, sus escapes oníricos ya no resultan suficientes, está insatisfecha. Y todo se multiplica cuando la familia la insta a tener un hijo “varón”. El estrés la embarga, las pesadillas la constriñen, se ve asediada por moscas y hormigas, mientras su hermoso pelo se resquebraja en la almohada y el peine. Todo se enreda.

A sus treinta años siempre ha hecho lo que los demás esperan de ella. Vive en una familia que cuando se reúne los hombres permanecen sentados con una bebida en la mano, mientras las mujeres permanecen en pie preparando todo. Vive con un marido que cuando le pide ayuda para poner la mesa no sabe dónde se encuentran el mantel, los platos y los vasos. Ha llegado la hora de despertar, no es suficiente el aire del ventilador para liberarla del agobio. Ella vive, pero no vive.

La puesta en escena se torna realista, perviviendo en mayor medida sobre el plano medio, galvanizado a las dimensiones de la casa para acentuar la sensación de atosigamiento, de estrechez, de luz difuminada. El plano americano toma ser durante las escenas de grupo, ya sean las reuniones familiares o los bailes. Mientras el plano general lo expone para remarcar la brisa de libertad. Huye, en mayor término, del plano-contraplano para posicionarse a favor de los actores (más que de la técnica). Deja que la cámara tienda a desaparecer para que no se formule como protagonista.

La gran revelación es el naturalismo de la actriz Daniella Valenciano. Ella es el eje y pivote de la película. Todo el peso recae sobre su frágil cuerpo, realzándose desde el silencio, con una mirada límpida que dialoga incesantemente, mientras que cuando realmente habla se siente constreñida, ni siquiera puede transmitir cinco palabras seguidas, está balbuceante, insegura y con un tono de voz alicaído. Su largo pelo toma metáfora de fuerza, de la enorme personalidad que no deja(n) volar.

Cine para tener muy en cuenta. Obra notable.

Elamedia

Este niño necesita aire fresco

Traslación fílmica de la novela homónima escrita por Hope Karkeling, un famoso cómico alemán, que narra episodios de su niñez, y cómo encontró en el humor el verdadero espacio para llevar la felicidad a sus seres queridos, porque hacer reír significaba dar de lado a las penurias. Un bálsamo que no sirvió para escapar de la realidad.

Una realidad que nos traslada a la primera mitad de los años setenta, donde un niño gordito corre y corre perseguido por su conciencia, que le recrimina el no haberse esforzado más, ya le dijeron: “uno consigue todo si no se rinde”, y él no ha podido sacar a su madre de la depresión. Una culpa que le atormenta. El flash-back nos resitúa ante los elementos que detonarán esta huida.

La película se dibuja luminosa, porque limpia es la mirada de Hans-Peter, un niño que bebe de todo su entorno para perfilar una suerte de imitación que provoca la felicidad en los demás, siendo la risa una herramienta para afrontar la adversidad, porque su infancia va a quedar marcada por experiencias dolorosas y traumáticas. Gracias al amor logra sobrevivir al caos emocional.

“Soy el cielo claro” dice el niño, porque transmite sol y aleja las nubes para que la tormenta no repercuta en nuestra vida. Y vuelve a sentenciar: “si uno no se queda quieto lo puede conseguir todo”. Y todo lo que quiere conseguir es la felicidad, que los suyos, que su familia sea feliz. Este es el gran punto de la película: la familia. Partiendo de unas abuelas que son todo cariño y amor, una tía extravagante que canta y baila sensualmente, y otra tía que ha tomados los hábitos y es todo sensibilidad, un padre huraño que trabaja y trabaja, y una madre que se encuentra enferma. Un entorno de amor que no es suficiente barrera para detener a la fría y cortante guadaña.

La directora Caroline Link traza su narración sin mayor compromiso, perfilándose quizá desde la amistad y por ello tiene un aire amable y bienintencionado, sin llegar al acaramelamiento. En consecuencia, tampoco ayuda el tratamiento de guión escrito por Ruth Toma, que se muestra más bien plano, quizá por no traicionar el elemento primigenio de la novela.

Wandavisión

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