CRÍTICAS y ESTRENOS 2018 -Cine-


Estrenos y Críticas realizadas por: José María Ruiz
Portadas de las películas: -Extraídas de Internet-

ESTRENOS DE CINE


Bergman, su gran año

La directora Jane Magnusson vuelve a posar su mirada sobre la figura del director sueco Ingmar Bergman, así nos encontramos ante la tercera obra que aborda este universo. Aquí viene a hacer hincapié sobre el gran año de Bergman, ya sea porque este 2018 se conmemora el centenario de su nacimiento (un centenario donde se ha venido a restaurar sus películas, así como la salida de nuevas copias en DCP y retrospectivas dedicadas por las filmotecas), y un análisis profuso de lo que significó el año 1957 en la obra artística de Bergman.

Porque ese año 1957 significó un antes y un después en la trayectoria del cineasta sueco, amén de profesar un trabajo estajanobista, ahí quedan la realización y estreno de dos películas, la dirección de cuatro obras de teatro, así como la adaptación y dirección de otra obra para ser difundida por radio (un radioteatro). Un ritmo frenético de trabajo que compatibilizaba con las relaciones familiares (mujer e hijos) y con sus amantes. Apenas unas cortas horas de descanso y unos insufribles dolores de estómago, sobrellevaba unas úlceras a base de leche y galletas María (una dieta que cultivó a lo largo de su vida).

"El séptimo sello" y "Fresas salvajes" fueron las dos películas de ese año 1957, películas que le llevaron al culmen, dos obras maestras de la historia del cine, obras que realizó con plena libertad y mirándose a sí mismo, miradas de introspección sobre su vida, su miedo a la muerte y la exploración al alma humana. Así vino a formular su cinematografía, así triunfó: llevando a la pantalla películas que tratasen sobre él. A partir de este momento el misterio y el mito se abrieron paso.

Un misterio que irrumpe, obras donde introduce verdades y falsedades entorno a él, así viene a ficcionar lo documental llevando a cabo un testimonio mágico, el cual también derivará en sus novelas. Ya desde su primer guión ("Tormento") ilustra los recuerdos de su vida en el colegio, pero en mayor media es la vida de su hermano. Y he aquí uno de los puntos notables de este documental, ya que podemos ver extractos de una entrevista que le hicieron a su hermano, y que el propio Ingmar Bergman vino a censurar. También nos adentra el documental por esa fascinación infantil que le supuso las imágenes en movimiento, la magia ilusoria del cine, que catalizó en el inicio de la película "Persona", y aborda su simpatía por Hitler, dando cabida a sus comentarios sobre la manipulación de las imágenes de los campos de concentración.

El alma solitaria de Ingmar Bergman queda expuesta, un hombre que buscaba un desarrollo espiritual (que intentaba esclarecer), un hombre que decidió explorar el territorio de las mujeres porque le era ignoto, un hombre celoso (tanto de las mujeres como del trabajo), un hombre maniático, un hombre que huía de la responsabilidad, que huía de su familia y que huía de la realidad.

A Contracorriente



Animales sin collar
Los clásicos son una voz que se eleva, una voz que perdura en el tiempo formulando una personalidad propia y radical. Por ello, imbuirse en ellos, trabajar sobre ellos y aportar una nueva adaptación no resulta una propuesta menor. Tal es la base con la que viene a lidiar Jota Linares, de ahí el difícil equilibrio al que se somete, de ahí el vértigo que viene a producir.

Porque Jota Linares posa su mirada sobre la obra teatral “Casa de muñecas”, de Ibsen, para demostrar la vigencia de aquellas palabras enunciadas en el siglo XIX; la realidad de la mujer en el siglo XXI, la constatación de que Nora (la protagonista de aquel ayer y este hoy) sigue caminando por la calle. ¿Con cuántas “noras” nos habremos cruzado?

De ahí que se siga optando por el grito femenino de libertad, porque pensamos que somos libres, que somos unos animales sin collar, cuando realmente son múltiples los collares que se adhieren a nuestro ser a lo largo de la vida, collares que nos lastran e impiden que seamos nosotros mismos, máxime en este mundo donde todo es imagen.

La imagen de un político en alza, la imagen de un joven matrimonio, la imagen de una buena esposa…, mas todo ello puede venirse abajo cuando el pasado sale a flote, el chantaje se hace palpable y los cimientos sobre los que está construida la existencia pueden venirse abajo. Todo ello enmarcado en la Andalucía política del siglo XXI, donde aparecen partidos políticos libres del peso de la corrupción, con unos líderes de masas que apenas han cumplido treinta años, pero cuya juventud ha sido altamente disipada, y palpable se nos muestra en la primera escena de la película, donde un muchacho ensangrentado es arrojado/abandonado a las puertas de un hospital… Seis años después las heridas aún no han cicatrizado, los fantasmas vienen a hacerse presente.

Y si sobre el papel, la adaptación resulta notable (dibujo, perfilación y dramatismo de los personajes), es en la escritura de la cámara (la escritura cinematográfica) donde se desmorona la propuesta, ya sea por el mal endémico del plano-contraplano en primer plano (se abusa de él), ya sea por el plano cenital sobre la bañera (¿un homenaje a “Una habitación en Roma”, de Julio Medem?), ya sea por la pobreza de producción (la celebración de la fiesta política parece una reunión de amigos del director, no tiene trabajo de casting), ya sea por el mal desarrollo de algunas secuencias (véase la cena, donde hay cuatro personajes sentados a la mesa, y son mostrados cada uno en plano medio mientras hablan a la cámara, cada uno tiene su plano, apenas interactúan entre ellos, casi al final de la escena nos “regala” un plano general para saber cómo se encuentran ubicados, cinco segundos después vuelve a los planos medios y a que hable cada uno de los actores a la cámara), ya sea porque el dron se utiliza en tres ocasiones como elemento perseguidor de coches (plano general aéreo del paisaje)… En definitiva, el propio director viene a poner collares a sus actores, los apresa con la cámara y no les permite oxigenarse.
eOne

La sociedad literaria
y el pastel de piel de patata
Hay películas que buscan postularse hacia el encanto de la belleza y por ello tienden a ser tremendamente agradables a los ojos del espectador, y esta película se mueve sobre ese terreno, máxime sacando buen partido a los escenarios naturales donde se desarrolla, por ello se convierte en una postal, en un pastel, porque bien melosa es, y limpia, ya que transita por unos caminos que nos llevan a la pureza del corazón.

La película abre sus puertas a un drama con claros tintes románticos, donde se narra la historia de una joven escritora que acude a la isla de Guernsey para intervenir en un club de lectura, el conocimiento de aquellos habitantes la hará involucrarse para desentrañar los acontecimientos ocurridos durante la ocupación nazi.

El director Mike Newell se muestra preciso en los encuadres, demuestra alto concepto de la planificación, es absolutamente correcto, pero denota cierto escoramiento a la frialdad, no provoca la pasión, ni siquiera otorga fuerza a la cámara, retrata la hermosura, y quizá sea esto lo más loable: su deseo de agradar. Naturaleza de ejercicio fotográfico de Zac Nicholson (ya sabéis lo que se dice cuando uno se pone a hablar de la fotografía de una película…) dando luminosidad y brillantez a los personajes conjuntados con el paisaje. Unos personajes que se dibujan con un trazo superficial y sin doble capa.

Cabe decir, en último término, que posee la honradez de estar bien contada, la narración se hace limpia (conectando con la filosofía de la película), no depara mayores sorpresas, se adivina el final (tampoco pretende ser un gran secreto) y, por supuesto, alumbra el deseo de darse a la lectura, la sociedad literaria (el club de lectura) deviene en reuniones al calor de una chimenea aportando un bucolismo relajante (la belleza torna a reaparecer).
A Contracorriente

Miau
El gran logro de esta película radica en una elaborada y sentida escritura cinematográfica, ya sea por los posicionamientos y movimientos de la cámara, ya sea por los múltiples homenajes a míticas películas de cine. Véase el inicio, donde una voz en off aborda la naturaleza de una bolsa de plástico enganchada a una valla, ¿quizá no estemos viendo el comienzo de “Rebeca”? Muy obvia resulta la referencia a “Centauros del desierto”, muy sutil es ese viaje a “La torre de los siete jorobados”, y cierra la película con el sentido aliento de “Tiempos modernos”, dando una referencia directa a los hermanos Marx.

El director Ignacio Estaregui no solo respeta al espectador, sino que consigue honestidad ante la mágica pantalla blanca, porque a ella se abandona regalándonos planos con enorme modestia, como quien no quiere la cosa la cámara se va acercando al protagonista (de un plano general a un primer plano) traspasando la mesa de unos jugadores de ajedrez; como quien no quiere la cosa lleva el plano-contraplano con un plano medio; como quien no quiere la cosa irrumpen travellings, y como quien no quiere la cosa, la cámara en mano se desliza hacia atrás bajando una escalera y tomando a los actores en plano americano… Hay cultura cinematográfica, hay elegancia, hay cuatro actores interpretando una escena tomados en plano general y plano americano, donde todos actúan a la vez.

El propio Ignacio Estaregui firma el guión de la película, una adaptación de la novela “Hilo musical para una piscifactoría”, de Juan Luis Saldaña, donde se nos presenta a un grupo de jubilados que recuperan las ganas de vivir y parten en busca de rocambolescas derivas: lo mismo montar una piscifactoría que el robo de una escultura… Este ente surrealista viene prefijado por la ternura, tanto del director hacia los personajes (véase el cuidado de la cámara hacia ellos dejándoles espacio para interpretar) como entre los propios personajes (estamos ante una comedia blanca). Si bien (mal cabría decir) la(s) historia(s) no consiguen arrebatar al espectador, la emoción no traspasa la pantalla y te queda un punto frío.

Manuel Manquiña ejecuta con aprecio la vena revolucionaria de su personaje, un “echao palante”, que tras pasar ocho años en prisión sale con el noble espíritu de comerse el mundo. Luisa Gavasa es una luchadora por los derechos de las personas mayores, lo mismo te canta las cuarenta que promociona eventos levantando a la comunidad. Álvaro de Luna representa al típico abuelo jugador de petanca a quien se le va la cabeza, pero atesora candidez, afabilidad y amistad. Mientras que José Luis Gil es la voz que nos adentra en este universo, es el ser más “sensato”, pero a la vez el más inseguro en sí mismo, necesita el empujón de los demás para posicionarse.
En definitiva, la película resulta más interesante por su continente que por su contenido, cabe resaltar su gran concepto de la puesta en escena y su considerable respeto a la escritura cinematográfica; sin embargo, la propuesta argumental viene a dejarte frío, no llegas a emocionarte y a sentir verdaderamente a los personajes.
Begin Again

Quién te cantará
Nada más maravilloso que quedar hechizado ante las imágenes nacidas en la pantalla, caer en la provocación y emerger con los bríos creados por la cámara, circunstancia que me aconteció tras el visionado de “Magical girl”, la anterior película de Carlos Vermut. De ahí que desease con fervor contemplar la nueva propuesta salida de su mente.

Y su mente cinematográfica ha continuado desarrollando una escritura de cara a la pantalla, la pantalla como primer elemento a respetar, porque ello repercute sobre el espectador, logrando un diálogo limpio y profundo, a la vez que suave y gratificante, formulando el concepto de encuadre como máxima expresión del cineasta. De ahí que sea todo un valor el sentido de colocación de la cámara, el respeto al plano general, el mantenimiento del eje en el plano-contraplano, la formulación del travelling y la naturaleza de la cámara en mano (extraordinaria la escena del baile en la playa), así como el detenimiento del tiempo en algunas escenas.

Y así escribe y transmite Vermut en esta su tercera película (casi cuatro años han tenido que pasar para que Vermut volviese a estrenar película en un cine), un canto de plasticidad. Aquí nos enfrentamos a un melodrama protagonizado por cuatro mujeres, apenas aparecen dos hombres y son elementos residuales, porque se nos invita a irrumpir en el intimismo de seres frágiles por dentro, pero que deben transmitir una apariencia de fuerza externa. Ya sea una cantante que ha entrado en estado de amnesia y no se reconoce; ya sea una camarera que siente terror ante su hija, pero que se siente realizada en el karaoke imitando a la cantante, de ahí que la escojan para que enseñe a la cantante a ser ella misma… Lo cual creará un juego de espejos, una recreación de la imitación de la imitación, creando una lupa donde mirarse a sí mismas. Las otras dos patas de la mesa la conforman la mánager de la cantante, férrea concepción del trabajo y seria en el trato, y la hija de la camarera, una muchacha conflictiva, llena de caprichos, de reacciones impulsiva y egoísta… Mujeres que en cualquier momento pueden reventar por dentro.

“¿No tienes miedo a fingir que eres alguien que no eres?” viene a preguntarnos, porque intentamos vivir sobre la conciencia de que somos únicos, cuando en verdad somos unos repetidores de cánones, hemos perdido la originalidad. Hecho que también recae sobre la película, ya que bebe de la cultura cinematográfica, y más allá del fácil recurso almodovariano (el director de las mujeres, dirán algunos), habría que sustraerse a “Fedora”, de Billy Wilder, o a “Mujeres”, de George Cukor.

En verdad “Quién te cantará” no resulta tan fascinante como “Magical girl”, pero sí es una notable propuesta, donde viene a sobresalir ese plano general que encadena tres colores azules, unas miradas al azul de la piscina, al azul del mar y al azul del cielo, colores que se imitan y son únicos, mientras hablan la cantante y la camarera para decidirse por el azul marino como su color favorito, es decir, todos distintos, todos parecidos y quizá hasta iguales. Personalidad posee Carlos Vemut; fuerza, las imágenes, y la mirada de la actriz Eva Llorach supone toda una revelación.
Caramel

El fotógrafo de Mathausen
Asistimos a una película basada en hechos reales, así se especifica en el inicio, sobreimpresionando un texto donde nos informan que 7000 españoles fueron hechos presos por el ejército alemán y conducidos a campos de concentración nazis con el grado de apátridas, ya que Serrano Suñer les quitó la nacionalidad española (eran unos “triángulos azules”), y en ese contexto carcelario se adentra por vez primera el cine español (hazañas bélicas durante el período de la II Guerra Mundial fueron tratadas en distintas coproducciones, sobre todo en los años setenta) para reflejar la desventura de Francesc Boix, que trabajó en el laboratorio fotográfico de Mauthausen, y si en un primer momento se nos muestra distante, poco a poco irá tomando conciencia.

Y sobre el mundo de la fotografía irrumpe el debate, ya sea desde el punto de vista artístico, donde la verdad se retoca y todo viene a depender del punto de vista; ya sea desde la formulación del realismo. El fotógrafo alemán torna a crear un escenario, una puesta en escena y un trabajo “actoral”; mientras el fotógrafo español expone un hecho documentativo, de ahí su encomio por salvar los negativos como prueba fehaciente de los acontecimientos allí ocurridos, imágenes que muestran desde dentro la crueldad de un sistema perverso.

Así la directora Mar Targarona entra en el cine testimonio desde la ficción retocando la realidad desde el ojo de la cámara, proponiendo un punto de vista, mostrando unos escenarios y exponiendo una creación artística para mostrar una realidad valiéndose de la escritura cinematográfica y de una banda sonora intentando, todo lo cual viene a jugar con los sentimientos… Ello muestra que se ha dado de lado al documental, la cámara-ojo como reflejo de la existencia, un espejo que proyecte el máximo acercamiento a lo “real” desde la “fotografía en movimiento”.

El actor Mario Casas encarna a Boix, el único español que asistió como testigo a los juicios de Núremberg en 1946 (imágenes documentales de aquel evento cierran la película, Boix en persona), y mal que pese no logra hacer que su personaje (que no la persona de Boix) trascienda, por momentos alumbra su imagen de “Tres metros sobre el cielo”, un toque de listillo, y así el espectador desconecta, aunque quiera profundizar en el drama y se muestre desasosegado, y aunque se marque un gatillazo y sea torturado no llega a transmitir. Hecho que es paliado por el resto del elenco, tanto Alain Hernández como Frank Feys aportan verismo, mientras que a Macarena Gómez se le otorga un ente arquetípico sin profundidad.

Formalmente, la película juega con la profundidad de campo, pero sin entrar en el gran angular, no se asienta sobre el primer plano, dejando que dos o más personajes entren en el encuadre, el cual en ningún momento viene a ser burdo, en mayor medida no tiende a “romper cabezas”. Apenas se alumbran movimientos de cámara, un travelling mínimamente. La obra se galvaniza sobre un montaje suave.
Filmax

Mandy
¿Podría escribir una boutade? ¿”Mandy” no es un remake de “Blade Runner”?. Porque elementos paralelos vienen a vislumbrarse, que ya resultan reveladores en el último duelo entre Nicholas Cage y el ser supremo de la secta, donde este le espeta el clásico “yo conozco alucinaciones que tú jamás verás…”. Así la ciencia-ficción se deriva hacia el cine de terror, y el elemento policiaco aquí se construye bajo la premisa de la venganza…

Un joven matrimonio vive feliz en su preciosa cabaña del bosque, un refugio tranquilo y pacífico que es profanado por una sádica secta, cuyo líder dará muerte a la mujer y vendrá a abrasarla para que lo vea el marido, al cual abandonan atado con alambres. El destino del marido será dar caza a estos miserables. La sangre correrá a raudales.

La acción de la película se desarrolla en 1983, periodo donde gobernaba Ronald Reegan, y por la radio se oye que “se vive en América una renovación espiritual” (¿por qué no ubicarla en este 2018 y la renovación espiritual de Donald Tramp?, quizá sea un aviso), véase que “Blade Runner” era de ese período ochentero y situaba su acción en estos años que nos toca vivir. Otro elemento clave es la oscuridad, la noche sombría como gran protagonista, apenas un plano se desarrolla durante el día, apenas también en el inicio, con un plano cenital del bosque que culmina con los serradores acabando su labor y montando en un helicóptero para volver a casa. Y un punto más, “Mandy” viene a calcar el final de “Blade Runner”, la pareja de enamorados partiendo en coche, los unos para descubrir el día con su verde naturaleza; los otros, para encontrarse con los planetas deseados.

“Mandy” busca envolverte en el territorio de la psicodelia, ya desde su banda sonora punk y metálica compuesta por Johann Johannsson, ya por la incursión en el “anime”, ya por el añadido drogadicto. El director Panos Cosmatos viene a jugar con los ritmos, lo mismo dilata las escenas (por momentos los diálogos se alargan en demasía, por momento asoma Sergio Leone), lo mismo se proyecta hacia el espasmo, pero sobre todo manteniendo el plano medio, huye del primer plano y juega con la cámara en mano. El actor Nicholas Cage se deja llevar hacia los terrenos del paroxismo, máxime en una escena donde emula a Martin Sheen en “Apocalipsis now”, imbuido en barro y sangre acomete despiadadamente su rol como ángel vengador, quizá porque rezume una oscuridad cósmica.

Surtsey Films

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